Las manos de los dioses (Relato Warhammer 40.000)

Con este relatillo participé en el V Certámen de Relatos de Wikihammer 40K. Aunque no resultó ni finalista, os lo comparto por si os apetece leer un poco de narrativa cuando estáis sentados en la taza del váter. Espero que os guste.

Las manos de los dioses

— ¡A por elloz, chikoz! — rugió el noble orko, saltando por encima de la chatarra convertida en una improvisada trinchera. Él y el resto de los muchachos de su peña alzaron sus rebanadoras con un entusiasmo desbordante, ensordeciendo  a la artillería que estaba cayendo sobre ellos en un griterío sin igual.

El joven pielverde se apoyó en su tosco bastón de cobre mientras se asomaba para observar con sus grandes ojos como los valientes que se lanzaron a la carrera eran derribados uno tras otro por ese armamento orgánico, esa amalgama de fluidos nauseabundos que fundían en una masa amorfa carne, hueso y hierro. Apenas tardó unos segundos en llegar el visceral olor a piel churruscada a sus fosas nasales, así como el aroma de esa sustancia pegajosa a medida que se iba enfriando sobre los inanimados cuerpos de los guerreros orkos. Su propia garganta bloqueó la irregular respiración del eztrambótiko, produciendo sonoras arcadas incontenibles a medida que se volvía a parapetar detrás de los restos del destartalado vehículo. Carraspeando con dureza, con la vista fijada en el resquebrajado suelo de piedra, Qog “cabezatuerca” trataba de contener esa sensación que nunca antes había sentido en el campo de batalla: le temblaban ligeramente las piernas, y percibía como muchos de aquellos con los que había compartido saqueos y juergas eran arrollados por la imparable fuerza de esos monstruos desagradables. Pero eso no era lo peor, pues una sombra acechaba su mente, estrujando su psique con unos tentáculos fríos y sinuosos, susurrándole en un lenguaje nunca antes escuchado; un coro de diez mil millones de voces lastimosas le chillaban en los oídos, impregnándole de emociones que rara vez sentiría un orko en su vida. Miedo, temor y desesperación acorralaban las esperanzas del pielverde por perder la luz que emanaba de sus dioses ante ese alud de afiladas garras y dentadas bocas; no volver a acumular la energía de sus hermanos en el frenesí de la batalla para lanzar rayos y centellas que desgarraban el tejido de la realidad; no volver a disfrutar de ese guiso de garrapato con champiñ… “¡Zas!”.

Un tortazo despertó del ensimismamiento al eztrambótiko, para posteriormente sentir como alguien más grande y fuerte que él lo agarraba de la pechera tachonada, estampándolo contras los grechins acumulados en una esquina de la trinchera. Los ojos de Qog se alzaron para observar aquel que le despejó de la parálisis psíquica, aterrizando en la mirada inyectada en sangre de Viguka “despeñakanijoz”. El veterano kaporal señaló amenazadoramente con uno de sus rollizos dedos al psíquico, mientras los renacuajos ayudantes le entregaba el atrapakuelloz identificativo de su posición.

— ¡Maldita zea, Qog! ¡Noz eztán acribillando ezoz azquerosoz bichoz y tú aquí atontao, mirándote laz suciaz uñaz de tuz piez! — escupió el adusto orko, soltando grumosos perdigones de entre sus colmillos.

— Pero nunca noz habíamoz enfrentao a algo azín, Viguka, ¡mira cómo zon! — Respondió el eztrambótiko, alzándose de entre los kanijoz que amortiguaron su caída —. ¡Grandez, fuertez y ezcupen babaz que vaporizan todo lo que tocan!

— ¡Erez patético! En peorez zituacionez noz hemoz encontrao contra humanoz enlatadoz, y loz machacamoz zin contemplacionez — las risitas de los grechins alrededor de Qog “cabezatuerca” hundieron el poco orgullo que le quedaba —. ¡Tienez poderez! En vez de actuar como una caca de garrapato deberíaz enfadarte, gritar de rabia y dejar que el verdadero ezpíritu de Gorko te pozea.

Tenía razón, y Qog lo sabía. No lo llamaban “cabezatuerca” sin razón alguna; si algo destacaba de este pielverde era su testadurez, su cabezonería por conseguir lo que se proponía y lograr que hasta los nobles orkos más agresivos acaben por escuchar su demente opinión; y esa sombra que acosaba sus pensamientos lo había debilitado, consumido como un loco de la velocidad que no chupa el aceite de motor de su kamión. En cambio, Viguka demostraba mucha más sensatez que el eztrambótiko; curtido durante años en refriegas contra los imperiales, el kaporal dominaba con disciplina y temor a todos los kanijoz que tenía bajo su mando; y aquellos que se le resistían demasiado acababan siendo pasto de los precipicios más altos del planeta, ya que se convertían en sujetos de prueba para los más rocambolescos cohetes de los mekánikoz del clan. Su astucia lo llevó a no querer ascender en la jerarquía pielverde, contento con la función que desarrollaba y el suficiente poder como para no anhelar más.

— ¡¿A qué eztáz esperando?! — insistió “despeñakanijoz”, atrapando con su arma a esos grechins que trataban de escarbar en los terrosos cráteres un agujero donde esconderse.

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Qog “cabezatuerca” volvió a asomarse entre la oxidada chatarra para contemplar la bioartillería tiránida; sin ni siquiera detenerse a respirar, el cañón montado a lomos de ese monstruo disparaba una y otra vez los proyectiles incandescentes contra los transportes que trataban de acercarse a él. Desde su privilegiada posición al final de la maltrecha calle de ese mundo humano industrializado, abría fuego a todo aquel incauto que iniciase una carrera hacia su posición. Inmediatamente, algo conectó en la cabezota del eztrambótiko, dirigiendo su ahora brillante mirada en busca de la del kaporal Viguka.

— Ya lo tengo, ¡oz teletranzportaré y acabaréiz con ezo! — proclamó entusiasmado Qog, ensanchando su pecho al aspirar el contaminado aire que les rodeaba.

— ¡No, no! ¡No! ¡A mí no! — añadió “despeñakanijoz”, mirando alrededor, nervioso, entre toda las ruinas de la calle —. ¡Ezoz de ahí! Eza peña de petatankez ez a quien debez enviar contra eze monztruo.

— ¿Dónde? — Qog entrecerró los ojos ante un súbito destello en los cielos, que auguraban una tormenta confirmada por las finas gotas de lluvia, que comenzaron a empapar las hombreras del orko.

— ¡Ahí, lechez, ahí! — insistió el autoritario pielverde, mientras dejaba de estrujar el cuello de un grechin para agarrar la cabeza del eztrambótiko y enfocarla a los petatankez —. Deberíaz acercarte a elloz y ofrecerlez tu genial idea, Qog.

Asintiendo con un recompuesto entusiasmo, el psíquico se agarró de los faldones raídos de su túnica, colocándose el cetro canalizador de cobre bajo la axila, dispuesto a echar a correr para ponerse a la altura de esos locos de la pirotecnia. Con un suspiro, aliviado de no tener que meterse en berenjenales en primera línea de batalla, Viguka agarró algunos incautos kanijoz, lanzándolos con fuerza más allá de la cobertura; los ruidosos grechins se estampaban de morros contra el duro suelo, gimiendo de miedo y buscando desesperados el cobijo de los cadáveres orkos caídos. Pese a todo, no fueron lo suficientemente rápidos para decidir dónde esconderse cuando una ráfaga de plasma los fue atropellando uno tras otro.

— ¡Ahora! ¡Corre, Qog, corre! — Sugirió el kaporal al eztramótiko —. Yo me ocuparé de proteger ezta chatarra.

Como alma que lleva el diablo, el pielverde recorrió el espacio abierto que le separaba de los petatankez con una inusitada agilidad: evitando, como la más grácil bailarina drukhari, todos los obstáculos que le obstruían su camino, sus descalzos pies esquivaban tanto casquillos de akribillador orko como los charcos de sangre y vísceras, donde previamente uno de los suyos estuvo en pie. Con un salto final, incentivado por una crepitante luz que se le acercaba rápidamente desde la monstruosidad tiránida, Qog aterrizó de bruces ante sus chiflados compañeros de batalla. Tosió por la polvareda levantada, bajo la atenta mirada de esa peña equipada con lanzacohetes, palos explosivos y garrapatos con arneses repletos de minas y granadas. Un sonoro aplauso se levantó por la agilidad demostrada por el eztrambótiko, tendiéndole un par de manos amistosas para que se alzara.

— Graciaz, chikoz, pero no hay tiempo para celebracionez: ¡he tenido una idea! ¡Y os necesito!— declaró el pielverde, demostrando su renovada motivación. Alzó victorioso su bastón mientras emanaba de su colmilluda boca una gran sonrisa.

— ¡Ohhhh! —Exclamaron los petatankez al unísono, incluso los garrapatos —. ¿Y cuál ez la idea, zabio Qog?

Si hubiese podido ruborizarse un orko, el eztrambótiko lo hubiese hecho ante tal halago de inteligencia. Rara vez se llamaba sabio a un orko, pues normalmente no vivían lo suficiente como para llegar a ancianas edades y acumular vasta experiencia, y menos tipejos psíquicos como él; por lo que llamarle así a un joven como Qog, aunque pudiese ser desacertado por no ser exactamente su idea, acabó por ilusionar al psíquico a explayarse con sus congéneres.

— Vamoz a hacer un kachozalto, ¿zí? — dijo el pielverde a los petatankez, boquiabiertos y expectantes por su plan. Qog arrugó la frente ante la incredulidad de sus compañeros, pensando en alguna manera de detallarles mejor su plan —. Noz cogeremoz todoz de laz manoz, y gritando con fuerza noz teletranzportaremoz al lado de eze azquerozo bicho espacial. Ya lo he hecho máz vecez.

Ahora sí comenzaron a asentir cada uno de los componentes de la peña. Se ponían de puntillas para ver a esa abominable criatura escupir sus desagradables jugos contra las posiciones pielverde, mientras caras de confusión y murmullos repletos de dudas atoraban las explicaciones del eztrambótiko.

— P-pe-pero Qog, ezo no ze parece un tanque. Nozotroz, la peña de los tornilloz tiznadoz, petamoz tanquez, no bichoz — comentó uno de los orkos, acariciando uno de los cohetes como si fuera un cachorrito —.

— Ya, tío, eztaz cozaz apenan explotan; zangran, caen derribadoz y ya. No ez divertido — sumó  otro de los componentes de la peña.

— ¡Pamplinas! — Respondió el psíquico orko —. ¿No habéiz vizto bien laz pelotaz  llameantez que dizpara eza beztia? — Señalando nuevamente en la dirección del exocrino tiránido —. Imaginaoz la cantidad de combuzible que debe tener dentro de su panza, ¡imaginaoz! — Los petatankez se miraron en silencio entre ellos, meditando sobre las últimas palabras de Qog.

— ¡Eztá bien! ¡Lo haremoz! — rompió el silencio Gnorl “revientapatanes”. Zarandeando agresivamente su palo kaboom, el curtido petatankez tomó la iniciativa en la idea del eztrambótiko.

Qog se erigió sobre los demás para sopesar la distancia que debía recorrer con su poder psíquico, guiñando un ojo y colocando su sucio pulgar verde al lado de la silueta de la criatura tiránida; kachozaltos más largos había logrado, pero el run-run de esa sombra en la disformidad le incomodaba demasiado para concentrarse óptimamente. Una vez mentalizada la posición final de teletransporte, “cabezatuerca” ofreció sus manos para que los petatankez la cogieran: uno a uno fueron agarrándose en cadena, mirándose expectantes por lo que iba a ocurrir. Los garrapatos explosivos fueron sostenidos por sus únicas patas, quedando colgados boca abajo. Qog sentía cada vez más el crepitar de la energía acumulándose dentro de su cráneo, chisporroteando a través de sus ojos el entusiasmo exponencial de los maníacos de las explosiones.

— ¡Gorko eztá conmigo! ¡Morko también lo eztá! — comenzó a predicar el eztrambótiko, vislumbrando todo ese incontenible poder a su alrededor —. Gritemoz todoz a la vez, tornilloz tiznadoz…. — Las aletillas de la nariz de los pielesverdes vibraron con rapidez al inspirar aire, para soltarlo posteriormente en un abrumador grito, distintivo de todos los orkos de la galaxia.

— ¡Alatake! —se escuchó al unísono en un frenesí de excitación, a medida que centelleantes arcos de energía verdosa saltaba entre los miembros del círculo de teletransporte. Sus caras rápidamente se deformaron, así como sus cuerpos y armamento; el poder de Qog “cabezatuerca” doblegó el espacio y el tiempo, arrastrando por un vórtice de haces multicolores a todos aquellos espíritus con los que estaba conectado. Un último chispazo acabó por sellar el portal, levantando una fina capa de polvo allí donde antes se encontraban una docena de pielesverdes.

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Lo primero que sintió Qog al reaparecer en el mundo material fue el fluir del torrente de sangre a su cabeza. Su visión permaneció borrosa, soltándose rápidamente  de las manos de sus compañeros en busca de su bastón de cobre. Sujetándose con una emergente debilidad, se golpeó el lateral del cráneo varias veces con su propio puño, en un vano intento de recuperar la normalidad, si se podía llamarse así lo que sentía un orko diariamente; pero lo único que recuperó fue el oído cuando un atronador rugido alienígena colapsó sus orejas, junto el silbido de proyectiles estampándose contra caparazón quitinoso; un peculiar sonido que recordaba a las gachas crujientes que comían los niños humanos.

— Dizparadle al cañón— ordenó Gnorl “revientapatanes”, mientras alzaba su palo kaboom y corría como un poseso contra la abominable monstruosidad tiránida.

Cogida por sorpresa, la criatura desancló sus poderosas garras del suelo, las mismas que le permitían disparar sin descanso alguno entre ráfagas de bioplasma, con tal de enfrentarse a los avispados orkos que aparecieron a una veintena de metros. La lentitud de sus movimientos permitió que los tornilloz tiznadoz descargasen sus lanzacohetes sobre el lomo de la criatura, forzándola a emitir un aullido de dolor. Los dos patosos garrapatos que acompañaban a la peña de orkos fueron jadeados por el más joven de los petatankes, encendiendo las mechas de un confuso, pero funcional, chaleco explosivo; con unas palmaditas y señalando con su mugriento índice, el pielverde dirigió a sus suicidas criaturas contra el exocrino tiránido. Sus patitas, cortas y potentes, fueron saltando todos los escollos del camino, adelantando a un lento Gnorl, para ser los primeros en saborear el fétido aliento del exocrino. Ajeno a las artimañas orkas, el tiránido trató de golpear con sus garras estabilizadoras a los pequeños garrapatos, fracasando. Sin tener el biocañón aun preparado, el monstruo acabó por soltar una dentellada contra una de esas bombas vivientes, desencadenando una sonora explosión que hizo sentar de culo al orko con el palo kaboom. Una segunda detonación acabó por arrastrar un par de metros atrás al sorprendido Gnorl, que una vez visto el resultado de los garrapatos, su rostro inicial de decepción fue inundado por una risotada incontrolable. Sus compañeros tampoco tardaron mucho en añadirse a su ristra de carcajadas, contemplando a la biartillería tiránida completamente decapitada, zarandeándose de un lado para otro en un ingenuo intento por defenderse de inexistentes atacantes.

Por otro lado, Qog “cabezatuerca” no estaba tan satisfecho con sus resultados: las arcadas volvieron a colapsar sus fosas nasales por el olor nauseabundo de esa criatura, y sus pies descalzos pisaban asqueroso moco de dudoso origen. Toda aquella energía que no utilizó en el teletransporte iba dispersándose lentamente a través de su apoyo de cobre, y con una forzada sonrisa acabó acompañando la felicidad de la peña de los tornilloz tiznadoz.

— ¡Teníaz razón! — dijo uno de ellos mientras le daba palmaditas al eztrambótiko —. Eztoz bichoz feoz también explotan, ¡ja!

Qog miró al petatanke con satisfacción unos segundos antes de que su cara cambiase radicalmente de expresión: una rápida criatura se abalanzó sobre ellos con cuatro aceradas garras, cercenando el cuello de su animado compañero y, salpicándole la cara con su sangre, acabó cayendo al suelo con el moribundo cuerpo del orko. La rapidez de esas criaturas que se ocultaban en las sombras del exocrino sorprendió a todos los tornilloz tiznados. Gnorl observó el contraataque de los tiránidos, asaltando violentamente a los despistados orkos, incapaces de defenderse de su nuevo enemigo con los lanzacohetes. De un torpe salto, “revientapatanes” se puso en pie y se apresuró a socorrer a aquellos que, fútilmente, trataban de empuñar sus rebanadoras para enfrentarse a esas monstruosidades tan superiores en el combate cuerpo a cuerpo.

En un complicado esfuerzo por sacarse de encima el cuerpo del petatanke sin estallar ninguna de las tintineantes granadas que portaba, el eztrambótiko rodó sobre sí mismo; sentía el húmedo aliento de ese tiránido encima suyo, y las afiladas garras golpeando el duro suelo intentando acertar en la carne del psíquico. De espaldas al suelo, Qog tuvo que interponer su barra de cobre en un frenético ataque del genestealer; su grotesca cara materializó los más profundos miedos que sentía sobre la sombra en la disformidad que previamente sintió, soltando un gemido más acorde a un gorrino que a un orko adulto. “Cabezatuerca” soltó una patada contra la cintura de la criatura, obligándola a retroceder unos pasos, no suficientes como darle tiempo a alzarse al psíquico: aterradoramente rápidos, volvió a embestir con sus cuatro extremidades a Qog como si su único propósito fuera desgarrarle su alma en pedacitos; y aunque el astuto psíquico volvió a interponer su bastón, de la humanoide boca del tiránido emergió una aguja supurante de líquido violáceo. El eztrambótiko no estaba para besos con lengua en ese momento tan tenso, precisamente.

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Sintiendo tan de cerca el hedor de la criatura tiránida, su destartalada mente comenzó a concentrar energía disforme, proyectando una cegadora luz a través de los ojos de Qog; un aullido de confusión hizo retraer el aguijón del genestealer, presionando fuertemente con sus cuatro garras la vara de cobre contra el pecho del psíquico. La falta de oxígeno en los pulmones del eztrambótiko hizo que perdiese la concentración, dispersando la crepitante energía disforme por las acrecentadas pupilas. Perdiendo la esperanza en poder enfrentarse al tiránido con sus talentos, Qog cerró los párpados fuertemente; y liberando sus manos de la vara de chamán, comenzó a propinar puñetazos contra el cráneo del monstruo: uno tras otro impactaban en la dura piel de la criatura, apenas produciéndole daño significativo. Un potente aullido surgió de la hedionda boca del genestealers, y Qog, temiéndose lo peor, trató de pensar en los bocaditos de jamón curado de garrapato que se zamparía al lado de Gorko y Morko en el edén de los pielesverde. Pero no fue así, ya que de repente sintió el pecho liberado del aplastamiento del tiránido, así como fluidos ajenos le manchaban los ropajes.

— ¡Qog! ¡Levanta! — resonó en los oídos del psíquico —. Lo eztamoz pazando canutaz, ¡haz algo! ¡Te necezitamoz! — continuó diciendo esa ronca voz.

El desesperanzado eztrambótiko abrió los ojos para contemplar como Gnorl atizaba nuevamente a su asaltante con el palo kaboom. La furibunda bestia interponía rápidamente sus zarpas ante el poderío del orko, sacándole ventaja gracias a la longitud de su arma. En un rápido giro sobre sí mismo, Qog se levantó apoyando ambas manos en el suelo, ayudándose de una lastimada rodilla; contempló como a su alrededor los tornilloz tiznadoz eran derribados por esa marea de afiladas cuchillas y perforantes dentaduras; fauces ácidas que derretían las rebanadoras orkas impedían defenderse a los petatankez, así como extensiones tentaculares donde debían haber bocas absorbían el poco contenido de los cráneos abiertos de sus congéneres. Sintiendo una largamente olvidada rabia emergiendo de su interior, el cuerpo del eztrambótiko se convirtió en un faro de ira y violencia al ser surcado por revitalizantes relámpagos de disformidad: sus globos oculares brillaron como nunca antes lo habían hecho, y arrojando un orgulloso grito al lluvioso cielo, apuntó con sus dedos índices a los tiránidos más cercanos.

— ¡Zzap! ¡Zzap! — fueron las palabras que verbalizó Qog cuando dos poderosos chorros de rapaz electricidad verde salieron, de sus manos. Ese incontrolable poder golpeó a dos de los genestealers, derritiéndolos en un desagradable amasijo de ceniza y caparazón. Pero no se detuvo ahí —. ¡Zzap! ¡Zzap! ¡Zzap!

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Como un par de akribilladores, sus dedos disparaban fulgurantes rayos contra todo aquello que se movía frente a él: brazos y cabezas eran seccionados de sus deshechos cuerpos para brincar por los cielos, dándole absolutamente igual si eran orkos o tiránidos. La ráfaga de energía incontenible destrozaba todo aquello donde impactaba, causando que tanto los despavoridos tornilloz tiznadoz como los enemigos de cuatro brazos corriesen en búsqueda de refugio, o de las faldas de sus mamitas. Una maliciosa carcajada creciente trascendió el tronar de la artillería, en un espectáculo de luces verdosas que sorprendió hasta al más valeroso de los combatientes en el campo de batalla. Y se hizo el silencio.

Las enrojecidas manos de Qog no pudieron sostener mucho más la traca de rayos, creciendo de ellas un verdoso vapor por el esfuerzo realizado al canalizar toda esa energía. No así sus ojos, que mantenían el brillo peculiar de un eztrambótiko en pleno apogeo de sus poderes. El iracundo orko se tornó para ver como un genestealer superviviente, volatilizado de cintura para abajo, trataba de alejarse de él entre lastimeros gemidos de dolor. Confiado de su poder, Qog avanzó hacia él, pisándole la cabeza con sus descalzos pies.

— Azí que eraz tú quién quería hacerme picadillo, ¿eh? — comentó el psíquico con una voz autoritaria —. Puez a ti no te mataré, no iráz al cielo de loz bichoz feoz — añadió cuando una macabra sonrisa decoró su rostro —. ¡Te vía garrapatear!

Alzando sus manos al cielo, las juntó en un sólido martillo que descargó toda su fuerza sobre la cabeza del tiránido. “¡Pluf!”, una opaca neblina rodeó a los dos combatientes en el desolado erial de destrucción creado por el eztrambótiko. Los distintivos chillidos de garrapato asustadizo acompañaron una redonda silueta saliendo de la humareda formada, correteando confuso sin lugar a dónde ir. Tras de él, Qog se llevaba las manos a la cintura, satisfecho por su dulce venganza a medida que sus globos oculares perdían la luminosidad.

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Su cabeza giró rápidamente en todas direcciones: ni rastro de Gnorl “revientapatanes”, ni de los tornilloz tiznadoz ni de los genestealers. Lo único que veía alrededor eran todos esos ruinoso y grises edificios humanos, algunos cadáveres aun calientes y todo el destrozo que había realizado con la bendición de sus dioses. Deseando unos momentos de descanso antes de embravecerse para una nueva bronca, éstos no fueron cumplidos: todo comenzó a temblar.

— Ahora no zoy yo — pensó en voz alta Qog “cabezatuerca”, recuperando su vara de cobre del suelo.

Las frágiles paredes de las construcciones imperiales se desmoronaban, la chatarra tintineaba rítmicamente mientras los grandes escombros acumulados se esparcían por la vibración generada. Confuso, el orko buscaba el origen de todo ese poder, sin satisfacción. Toda la manzana temblaba fuertemente cuando una sombra comenzó a ocultar la luz del moribundo sol que regaba el planeta. Agarrando con valentía su arma, o no, el eztrambótiko miró a la gargantuesca criatura que se alzaba sobre él: cuatro grandes patas, acabadas en afiladas uñas, sostenían el abotargado cuerpo de una abominación de blanco pelaje; una  larga cola peluda sacudía violentamente los estratos más altos de las ruinas, mientras que unas grandes fauces mostraban el rosado interior de sus mandíbulas, los amarfilados colmillos de ese extraño ser. Y esos ojos; oh, que ojos tan terroríficos; la azulada mirada se posó sobre la minúscula figura de Qog, paralizado por la presencia del monstruo: sus atigradas pupilas se abrieron rápidamente para fijarse en los detalles del psíquico, y su abigotado hocico se acercaba a olisquear los ropajes del orko. Tragando saliva, el pielverde trató de no moverse y atraer más curiosidad de la necesaria.

Pero todos sabemos que no fue así, y la cruel bestia que arrastraba su oronda panza por las destrozadas calles de ese complejo industrial echó la zarpa encima del eztrambótiko. Qog notó crujir su cuerpo ante la fuerza de ese ataque, sintiendo todo el peso de la alimaña diabólica sobre su ya amoratado pecho. El monstruo abrió enormemente las negras pupilas, mostrando lo desalmada que estaba, al momento que desmembraba con sus garras el cuerpo del psíquico. Qog “cabezatuerca” nunca había sufrido un dolor igual, obligado a contemplar cómo sus brazos eran seccionados perfectamente a la altura de sus hombros. Y tampoco era capaz de mover un músculo de cintura para abajo; cuando la criatura retiró su opresora extremidad del dolorido cuerpo de Qog, se pudo dar cuenta que sus piernas yacían a varios metros lejos de su torso, y de su cabeza. Y de él en general, vamos.

No contento con el sufrimiento provocado al orko, el monstruo acercaba su gaznate a lo poco que quedaba del eztrambótiko con intención de hincarle el diente, cuando el cielo tronó con crueldad y de las contaminadas nubes que decoraban la bóveda celeste descendía una rosada mano; con un grácil movimiento, el divino apéndice prensil propinaba un gentil cachetazo al lomo de la bestia. De su boca surgió un maullido lastimero, zarandeándose entre los edificios en un vano intento de zafarse de un segundo tortazo. Pero no fue así, y esa divina providencia materializada en mano consiguió que la bigotuda criatura dejase el cuerpo de Qog, perdiéndose entre las mismas sombras de donde había surgido.

— Morko, ¿eres tú? — trató de verbalizar el chamán.

Atónito, el orko era incapaz de gesticular palabra alguno, preso de una parálisis ante el dantesco momento por el que estaba pasando. La misma mano que ahuyentó al monstruo, recogió los descompuestos pedacitos de Qog con suma delicadeza. Una cálida sensación comenzó a invadir el espíritu del eztrambótiko, comprendiendo que, extrañamente humanas, indudablemente esas manos pertenecían a sus dioses. El orko cerró los ojos, sintiendo plenitud por haberse ganado el favor de sus deidades, y liberando su espíritu de toda preocupación o temor.

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— ¡Tio, tu gato me ha destrozado la miniatura! — gritó Normando, mirando odiosamente como se relamía Silvestre allí donde le había golpeado el muchacho.

— Bueno, yo aquí no veo que puedas lanzar ese poder psíquico, Normando — respondió un despreocupado Ruperto, hojeando las páginas del libro de ejército —. Yo creo que te has inventado eso de la “descarga de rayos Zzap”.

— Que sí, joder, que lo he leído en algún lado. Tú mira bien — mintió el muchacho, ante la creciente duda de Ruperto.

Las delicadas manos del adolescente iban dejando las piezas del descompuesto orko en línea, para rebuscar en los bolsillos de su mochila y extraer un minúsculo pote de pegamento rápido. Conteniendo la respiración, Normando agarró el torso de Qog “cabezatuerca” con precaución y soltó un chorro del adhesivo en las dos lisas secciones pertenecientes a los brazos de la miniatura. Mientras sostenía con una mano esa pieza, dos de sus pequeños dedos tomaron por la muñeca uno de los brazos y lo apretó contra la pelota de cristalino pegamento. Una ligera brisa emergió al abrir los labios, tratando de asegurar que la sustancia se secase lo antes posible.

— Y lo de convertir en garrapatos a miniaturas de infantería te lo has inventado, aquí no sale —volvió a refunfuñar Ruperto, mirando con ceño fruncido a su amigo.

— Tú has disparado sin medir las distancias, y yo no he dicho nada. No me vengas ahora con milongas — indicaba pegando el segundo brazo del eztrambótiko en su lugar correcto.

— Pero a ver, no puedes venir inventándote reglas que no salen en el libro. Eso es hacer trampa.

— ¿Y? ¿Dónde queda tú imaginación? ¿De dónde crees que salen los garrapatos, de las mamás garrapatas? — sentenció Normando con sorna.

Qog no creía lo que estaba viendo: ¡estaba siendo manipulado por niños humanos! Los pilares de su existencia se desmoronaban al ver como esos dos enclenques jóvenes discutían de sus poderes y habilidades como si fuera un mero divertimento. ¿Era esto una broma de mal gusto? ¿Eran ellos los verdaderos Gorko y Morko, o se estaban mofando de él?

— Mira, si nos vamos a poner así, paso de jugar contigo, Normando — sentenció su oponente, cerrando el tomo.

— El que no va a jugar más contigo voy a ser yo, que te haces unas listas culoduras que no molan nada.

— ¡¿Culoduro yo?! — la respuesta del general orko sorprendió al tiránido.

— No haces más que ponerte exocrinos y genestealers, sí. ¿Cómo quieres que te gane si mi codex está más desfasado?

Ruperto no pudo evitar mostrar una sonrisa de satisfacción al escuchar a su rival, claramente indignado. En el fondo sabía que no tenía opciones a ganarle, ya que se pasaba todas las tardes, después del colegio, mirando foros por internet y copiando listas de ejército de veteranos jugadores mundiales. Mientras que Normando solamente trataba de pasarlo bien y dejar volar su imaginación, el general tiránido tiquismiquis le discutía cada uno de los movimientos, reglas y acciones que Normando realizaba en el campo de batalla esa tarde de caluroso verano.

El eztrambótiko orko, totalmente recompuesto del ataque felino gracias los cuidados de ese muchacho, no podía dejar de observar el rostro de su propietario. Ese incipiente bigote de negros pelillos se movía al son de sus palabras, cuando no dejaba su aliento sobre el cuerpo de Qog “cabezatuerca”. Sus ojos dieron una vuelta por toda la gigante estancia donde se encontraba cuando Normando lo pegaba por la cintura: blancas paredes decoradas con estanterías repletas de orkos, humanos enlatados y otros acérrimos enemigos del psíquico, un cubo repleto de artefactos cuadrados con asimétricos puntos perforados, libros con imágenes de él y otros pielesverdes mucho más famosos; y en medio de todo ese caos, una gran mesa con edificios que rápidamente identificó. ¡Era la calle donde estaba combatiendo!

Afilando la vista, pudo contemplar al cobarde de Viguka “despeñakanijoz” aun atrincherado con sus grechins en uno de los bordes de la mesa de juego, así como una montaña de cadáveres orkos acumulados en una de las esquinas del mismo; incluyendo algún garrapato también. En el otro lado, decenas de criaturas tiránidas desplegadas entre las lúgubres sombras de esa ruinosa escenografía.

¿Pero qué era todo ese engaño? ¿Qué embrujo habían usado contra él? Qog se sentía aliviado de no haber muerto bajo las zarpas de la criatura peluda, pero continuaba atónito ante todo aquello que su ridículo cerebro era incapaz de procesar. Con una irrompible parálisis de todos sus miembros, ese humano que se hacía llamar Normando giró al eztrambótiko para mirarlo a los ojos.

— Ya estás listo para volver a demostrar lo que vales, Qog, —susurró con un acento agradable el muchacho humano — estoy orgulloso de ti.

— Que friki eres, le hablas a las miniaturas — comentó Ruperto con retintín, cerrando el libro.

Normando desvió momentáneamente la mirada a su amigo, frunciendo el ceño, para centrarse de nuevo en Qog “cabezatuerca” y descenderlo delicadamente entre los escombros de donde fue recogido. El mundo se tornó borroso a medida que aterrizaba en el campo de batalla, y cuando esa mano auxiliadora dejó que el mismo orko se sostuviese con sus propias piernas, desapareció tal como vino. Cuando el eztrambótiko miró al cielo vio cerrarse esa brecha de luz y bondad, esa grieta inmaterial que llevaba a los reinos de los dioses.

¿Quién era él? ¿Qué era? Su cerebro fue incapaz de articular respuesta alguna a sus preguntas, quedándose boquiabierto sin aun creerse lo que había vivido. Pero algo si entendió: le insufló de nuevo vida, le ofreció una nueva oportunidad y lo animó a desatar todo el potencial oculto como eztrambótiko; y era lo único que necesitaba escuchar. La colmilluda boca de Qog formó una confiada sonrisa, sintiendo que no podía no ser un dios ese muchacho, mientras la chispeante energía de la disformidad volvía a crepitar entre sus dedos, iluminando también los desorbitados ojos del pielverde. Con todo este poder desencadenado, no decepcionaría a su salvador, arrancando en una enérgica carrera para sumarse a los otros orkos que desesperadamente combatían. Y solamente existía una palabra para transmitir el mensaje de los dioses orkos, pronunciada en todos los rincones de la galaxia:

— ¡WAAAGH!

Resultado de imagen de ork weirdboy art

Gracias por vuestro tiempo.

Tomás.

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